Elemento esencial

Enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano

El elemento esencial de nuestra familia religiosa, reconocido por la Iglesia como verdadero, es el “trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aún en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas”[1], buscando “de hacer que cada hombre sea ‘como una nueva Encarnación del Verbo’, siendo esencialmente misioneros y marianos”[2].

Ese es el elemento no negociable con mayúscula. Es el estandarte que debemos enarbolar en nuestros corazones y en cada uno de nuestros emprendimientos misioneros. Es el don maravilloso que Dios nos ha concedido para hacernos fructificar en su Iglesia y enriquecerla[3].

Tanto más útiles seremos a la Iglesia y a su misión, cuanto más compenetrados y fieles seamos a nuestro carisma ‘del Verbo Encarnado’. Solo así seremos esos “cálices llenos de Cristo que derraman sobre los demás su superabundancia mostrando con nuestras vidas que Cristo vive”[4]. De lo contrario, es decir, sin ese espíritu característico de religiosos del Verbo Encarnado, por el que anclados en el misterio sacrosanto de la Encarnación nos lanzamos osadamente a restaurar todas las cosas en Cristo[5]; sin esa impronta marcadamente cristocéntrica[6], mariana[7] y misionera[8], “en vano será que nos matemos trabajando, porque no lograremos nada”[9].

[1] Constituciones, 30.
[2] Constituciones, 31.
[3] “Este enriquecimiento es fruto del influjo del Espíritu enviado en Pentecostés, por el cual Dios ofrece a la Iglesia tantos dones que la embellecen y la preparan para toda obra buena deseada por el Señor”. Cf. Papa Francisco, Carta Apostólica a todos los consagrados con ocasión del año de la vida consagrada, (28/11/2014).
[4] Cf. Constituciones, 7.
[5] Cf. Constituciones, 1.
[6] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 37.
[7] Cf. Constituciones, 30.
[8] Cf. Constituciones, 31.
[9] Cf. San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas, 5ª Serie, Ejercicios Espirituales dados a los religiosos de la Congregación de Hermanos de San Vicente de Paul, cap. 16.